27/03/2018

ADN Medinaceli

Los que fuimos niños en el inicio de la década de los noventa estamos muy agradecidos a la serie de dibujos animados 'Érase una vez la vida', porque además de aportarnos conocimientos básicos de anatomía gracias a los cuales ahora sé ubicar el labrum del hombro de un jugador de balonmano lesionado (no, es broma, tengo que mirarlo en Internet) consiguió avivar nuestra imaginación al personificar a los linfocitos, los microbios, las plaquetas...

Dando la vuelta a este recurso literario no resulta difícil imaginarse a los nazarenos que participan en una procesión como los glóbulos rojos de la serie, eritrocitos laboriosos que transportan el oxígeno que mantiene con vida las hermandades, que a su vez son los tejidos de este cuerpo que es la Semana Santa de Cuenca. Hay quienes cuestionan las motivaciones que llevan a uno a convertirse en célula sanguínea de este organismo y hay quienes consideran que lo importante es que la sangre fluya, aunque no sea del todo limpia. Dejaremos que debatan sobre este asunto voces más expertas en la materia que la mía.

Servidor fue durante muchos años hematíe del Jesús de Medinaceli y transportaba la sangre granate del Cautivo cada noche de Martes Santo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me sumé a sus filas, probablemente el mismo tiempo que llevo en la Esclavitud del Periodismo, pero todavía soy capaz de visualizarme a las puertas de San Felipe, martilleando con los dedos la tulipa para combatir el nerviosismo y el frío. Me recuerdo subiendo junto a mis hermanos y sin embargo con la duda, apenas transcurridos cien metros, de que el pequeñajo que va a mi lado con la cruz siga siendo uno de ellos. Me veo buscando contacto visual con mi madre en Las Blancas desde los ojos mal recortados de mi capuz. Y también puedo verme girándome en cada curva de la bajada para ver caminar a mi imagen cargada de dignidad y dramatismo y otear al resto de pasos, porque la procesiones se ven de otra manera desde dentro. Y me veo meditando a la altura el puente de La Trinidad, esquivando las miradas conocidas de la acera que pudieran hacerme volver de mi mundo interior. También me veo jugando al gato y al ratón con el hermano mayor para mantenerme en la acera de Notario. Y finalmente me veo con más edad, cerrando la procesión, pasadas las tres de la mañana. Agotado. Extasiado.

¿Qué es lo que hace que estas y otras muchas memorias semanasanteras se mantengan tan nítidas en esta cabeza que ha perdido tantas facultades, castigada por los excesos etílicos y el espacio ocupado por recuerdos mucho más autoritarios que los nazarenos? Puede que al ejercer de célula sanguínea de un cuerpo ya formes parte de ese organismo para siempre. En mi caso quizás haya también una conexión genética, porque debajo del banzo del Jesús de Medinaceli hay mucho ADN Huerta: el de mi abuelo, el de mi padre, el de mi hermano. A ellos les debo, por tanto, que haya ADN Medinaceli en mis cromosomas. Y ni escondo ese linaje ni me inmuto si me critican porque mi sangre no es pura.

Promedio (0 Votos)
La valoración media es de 0.0 estrellas de 5.
comments powered by Disqus