09/11/2017
Opinión

¿Demasiada condescendencia con la cháchara independentista?

Supongamos que dos millones de musulmanes censados en Cataluña exigen que se permita la poligamia para aceptar la legalidad española, pues de otro modo crearán una nueva legalidad matrimonial. O que dos millones de católicos, igualmente censados en Cataluña como todos los grupos a los que me referiré, reclaman la prohibición del matrimonio homosexual o se negarán a pagar impuestos al estado. O dos millones de ultras exigen que se suprima la señera como bandera oficial de Cataluña bajo amenaza de provocar disturbios en las calles. O finalmente dos millones de republicanos catalanes exigen que el rey no estampe su firma en las leyes publicadas en el BOE o se negarán a aplicarlas si llegan al gobierno.

Imaginemos además que cada uno de estos colectivos crea un partido político y en campaña electoral manifiesta su voluntad de imponer de forma unilateral y al margen de lo que diga la ley el objeto de su reclamación si esta no es atendida.

¿Pensaríamos que todos estos casos tenemos un problema que hay que resolver con política y no exclusivamente aplicando las leyes? ¿Diríamos que hay que dialogar, hacer transacciones con semejantes planteamientos, por mucho que se basen en convicciones de buena fe de sus autores? ¿Diríamos que hay que intentar seducirlos con un bonito relato para que acepten la legalidad? ¿Permitiríamos que concurrieran a elecciones si no expresaran de modo explícito su voluntad de cumplir la ley si llegan al poder de la Generalitat? Y si llevaran a cabo sus amenazas cuando obtuvieran mayoría de escaños, ¿tendríamos tantos escrúpulos en utilizar la coerción?¿Estaría Ada Colau en una posición tan ambigua en todos estos casos?

Sinceramente, más allá de la simpatía personal por una u otra causa -yo me apunto a la republicana-, y lo bien que la sepan vender sus dirigentes, no encuentro ninguna diferencia significativa entre estos ejemplos y el independentismo catalán. Miento, solo dos. Que las amenazas que el independentismo intenta consumar son mucho más graves: liquidar unilateralmente el estado, la soberanía nacional y la integridad del territorio. Y que las metas y justificación del nacionalismo separatista son aun más delirantes –la arcadia feliz donde pacerán en armonía los anarquistas de la CUP y los burgueses del PDeCAT- y egocéntricas –insolidaridad fiscal- que los ejemplos aducidos.

¿Y qué diríamos a esos dos millones de creyentes frustrados?  Lo que decimos a los adolescentes: que aprendan a tolerar su frustración, como todos la toleramos. Que lo que diferencia una democracia de una dictadura es que mientras en esta última una parte satisface el 100% de sus aspiraciones en detrimento del resto que no satisface ninguna, en democracia un grado parcial de frustración respecto a los objetivos políticos que cada cual espera alcanzar es no solo necesaria sino saludable.

Promedio (0 Votos)
La valoración media es de 0.0 estrellas de 5.
comments powered by Disqus